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ONG Centro de Innovación para el Desarrollo Local

Una de las imágenes que más han llamado la atención, fuera de las futbolísticas, han sido los impresionantes paisajes urbanos de las principales ciudades rusas que hoy son sedes de la Copa Confederaciones. Ciudades ordenadas y limpias, bien equipadas, con servicios de transporte público de buena calidad y con una mezcla de modernidad y tradición que nos ha dejado con la boca abierta. La magnífica preservación de edificios históricos, algunos con más de quinientos años, quizás es el rasgo que más han provocado comentarios de admiración, toda vez que algunas de esas construcciones históricas son iglesias, palacios y museos, algunos de ellos tan venerables como la Iglesia de San Basilio, que ilustra el comienzo de este comentario,  construida en la época de Iván El Terrible, ubicada en plena Plaza Roja de Moscú.

Pero en simultáneo nuestra prensa ha dado cuenta de dos situaciones que expresan exactamente lo contrario a lo observado en las ciudades rusas: La demolición de la Villa San Luis, en la Comuna de Las Condes y la destrucción del Museo del Padre Le Paige en San Pedro de Atacama. Dos eventos, que separados por la geografía, denotan la misma incapacidad de parte de nuestra élite, política, empresarial o académica, que es despreciar lo antiguo, en aras de rehacer la historia de Chile, para acercarlo más a una idea de modernidad que se desprenda radicalmenente de su historia, como si ella fuera vergonzante.

En efecto,  el caso de  la Villa San Luis, en la comuna de Las Condes, responde a una odiosa revancha de un sector del país que jamás estuvo ni estará en condiciones de entender que la mejor forma de construir ciudades seguras es mediante la integración social. La Villa corresponde a un conjunto habitacional, destinado a pobladores sin casa de esa comuna,  construido a comienzos de los años setenta del Siglo XX, por el Gobierno de la Unidad Popular, en un claro afán por favorecer esta premisa que todos los urbanistas serios convienen que es la manera de construir ciudad. Sin embargo, el rechazo a convivir con grupos sociales considerados de menor condición económica y el malestar ideológico que provocaba a muchos de los residentes de esa comuna el significado político del lugar, a lo que debiéramos sumar la desidia de las autoridades del mundo de la cultura que nunca otorgaron el reconocimiento de Lugar de Interés Patrimonial, el resultado es la demolición en tiempo express de un emblemático sitio de interés urbanístico social.

La otra nota, que aprovechamos de destacar (pinche aquí) corresponde a la destrucción de un sitio construido con el tesón heroico de un arqueólogo belga,  sacerdote jesuíta, que durante gran parte de su vida dedicada a la investigación arqueológica de las culturas atacameñas logró levantar con el patrocinio de la Universidad Católica del Norte y múltiples colaboraciones del sector público como privado, que hoy está derruido y los restos de valiosos objetos arqueológicos, yacen en containers, todo ello bajo el pretexto de construir un lugar con mayor modernidad. Una incomprensible muestra de insensibilidad histórica y de respeto por el trabajo de pioneros. 

Nos convoca compararnos con países OCDE, pero estamos lejos, desde el punto de vista de valorización de un sitio, de disponer de una instalada y respetada cultura de la preservación patrimonial, impidiendo con ello que generaciones posteriores conozcan, todos y cada uno de los procesos que culminaron con la existencia de un lugar, sea natural o construido. Mala señal no sólo para la cultura, si no que además para estrategias de desarrollo local basadas en la riqueza patrimonial, arquitectónica, cultural o ambiental.

 

Luis Marín Salazar

Sociólogo – U. de Chile

Presidente

Créditos Imagen del Museo Le Paige: El Ciudadano Digital.

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